Archivo de la categoría ‘Anécdotas Geológicas’

Zafando entre los indios

Hace un tiempo, enumeré en un post las diez situaciones más peligrosas que viví en mis campañas geológicas, y prometí contar cada una en un post específico. Ya relaté algunas, hoy les contaré otra.

Esto ocurrió cuando acudí a aquella «emergencia geológica» que ya les conté en otro post y que vale la pena que vayan a leer.

Al día siguiente de lo que relaté en ese post (ah, ¿no fueron a leerlo? ¿acaso no les dije que lo hicieran?), fui a reconocer el lugar del fenómeno, y por supuesto, como todo geólogo que se precie, tanto el colega que llevé conmigo como yo, decidimos que no bastaba con indagar las condiciones del sitio específico, sino que valía la pena hacer un análisis más regional, para entender el contexto, y descubrir si podía repetirse el evento en áreas aledañas, en el corto plazo.

Por supuesto, recorrer las partes montañosas en auto es imposible, de modo que alquilamos caballos y comenzamos a cruzar las laderas de las montañas para establecer el estado de toda la cuenca afectada. Después de un par de horas, ya nos habíamos alejado bastante del sitio específico del proceso que analizábamos, y de pronto, sin nosotros saberlo, nos habíamos metido en un terreno que según la reacción resultante, luego dedujimos que tenía dueño (legal o ilegal, no lo sabemos). Y esta deducción se basa en que, de golpe, de la nada y sin explicación, comenzaron a sentirse escopetazos, y a silbar las balas a nuestro alrededor (como se leería en un western). Nunca vimos quién nos disparaba, y nadie nos dio una voz de alto ni de advertencia.

Tampoco pedimos aclaraciones, entre la suma de la voluntad de los caballos que se espantaron sin ayuda, y nuestro propio «cuiqui», salimos disparados de manera muy poco elegante, y nunca terminamos de reconocer el lugar…

La foto que ilustra el post es de Pinterest.

Un abrazo y hasta el próximo lunes, con un post científico. Graciela.

Una anécdota de campo

Ayer fue mi cumpleaños, y ocupé aplicadamente mi tiempo en comer torta y disfrutar la conmemoración. Como todavía tengo el ánimo muy relajado, decidí que hoy el post, pese a ser lunes, tendrá un cierto saborcito a viernes, ya que voy  contarles una anécdota divertida, cosa que después de todo también forma parte de la vida profesional de los geólogos.

Esto sucedió hace muchísimos años, cuando las fotografías aéreas eran el pan de cada día en nuestras salidas de campo, ya que no usábamos todavía GPS ni nada que se le parezca para ubicarnos en el espacio.

Siempre salíamos con esas fotos, casi misteriosas para los legos, con las que nos oriéntabamos por una parte; y en las que, por otra parte, íbamos señalando los perfiles, las calicatas o las tomas de muestras que eran nuestra rutina.

Sin embargo, contábamos también con ellas como los antiguos colonizadores contaban con los espejitos de colores para ganarse la voluntad de los pobladores que les salían al paso. Efectivamente, cuando debíamos solicitar permiso para ingresar en campos claramente cercados, buscábamos la casa del puestero, y sacando esa maravillosa cartulina, le explicábamos cómo reconocer su casa o los rasgos principales del paisaje en ella, y acto seguido, obteníamos el permiso casi siempre, al amparo de la admiración provocada por esa fotografía, que con tanto detalle les permitía ver su entorno como si estuvieran volando sobre él.

En una de esas ocasiones, se acercó a nosotros el puestero, a caballo, y mi compañero sacó con gran alharaca el par fotográfico, como sacaban la víbora los antiguos vendedores ambulantes. Mientras todavía preparaba su deslumbrante discurso, pero antes de que llegara a abrir la boca, el gaucho exclamó:

-Ah, tienen las fotos aéreas. ¿En qué escala están?

Cuando pudimos cerrar la boca, que sus palabras nos habían dejado abierta como brocal de aljibe, nos enteramos de que el buen hombre había hecho el servicio militar en la Fuerza Aérea, y entre muchas otras cosas había aprendido a interpretar bastante bien las fotografías aéreas. De más está contarles lo útil que nos resultó su ayuda, ya que se apeó del caballo, y conocedor como era de la zona, nos ayudó a identificar todos los posibles sitios de interés para nuestra investigación.

Desde entonces, cuando siento que estoy a punto de subestimar el conocimiento de alguien sólo por su aspecto, o por la modesta función que ejerce, siempre me digo para mis adentros: «ojo, no te vaya a salir el puestero». Ese recordatorio me baja a mí misma de cualquier pony, en el acto. Creo que fue no sólo una anécdota divertida, sino también una valiosísima enseñanza para siempre.

Espero haberlos entretenido, y los aguardo aquí mismo el próximo miércoles con informaciones de interés general, antes de retomar los posts de ciencia de los lunes. Un abrazo. Graciela.

P.S.: La imagen que ilustra el post es de este sitio web.

 

 

 

Recuerdos de la docencia, por el día del maestro

Hoy vuelvo a los top ten de los momentos más risueños que pasé en el campo.

Lo que voy a contarles hoy no ocurrió una vez, sino de manera recurrente a lo largo de varios meses. Todos recordamos a algún alumno particularmente vago, y nos preguntamos muchas veces «¿Cómo llegó hasta acá?»

Y de uno de esos alumnos voy  a contarles ahora. Pasados algunos años desde el momento en que padecimos a este estudiante en la cátedra, y después de que hubo rendido n veces la materia, logrando por fin el 4 que le habilitó seguir adelante, reapareció con una novedad.

Este hoy ex alumno, al que llamaré X para no perjudicarlo, llegó a la cátedra, para informarnos que había decidido hacer su Trabajo Final en Pedología, con la dirección de los dos profes de la cátedra, es decir mi colega JS y yo.

En teoría, después del primer viaje al campo en el que le dimos la orientación necesaria, y ya con un plan de trabajo que habíamos discutido juntos, las siguientes visitas a su zona de trabajo debían ser simples controles de acompañamiento por parte nuestra, sus directores.

Pero no fue así. Cuando fuimos por segunda vez, no había casi nada completo, y lo que estaba hecho era un desastre. Consecuentemente, debimos ir numerosas veces para que al fin aprendiera algo y fuera llenando los huecos que tenía su informe.

Pero lo que marcó un hito en la Cátedra para siempre fue su respuesta constante. Toda vez que le hacíamos una pregunta, él decía: «¿En qué sentido me lo pregunta, profesor/a?»

Sin embargo, a veces las preguntas eran tan simples como:

¿Qué textura tiene este horizonte?, ¿hay erosión eólica en el sitio del perfil?, ¿qué espesor tiene el horizonte B?,  y otras tantas por el estilo, a las que invariablemente respondía, como ya les conté: «¿En qué sentido me lo pregunta, profesor/a?»

Obviamente esa muletilla era su manera de reconocer que no tenía idea de lo que se le preguntaba.

Desde entonces y para siempre, cuando alguien preguntaba algo de cuya respuesta no teníamos idea, todos los miembros de la Cátedra decíamos, invariablemente, y muchas veces a coro: «¿En qué sentido me lo pregunta, profesor?»

A su modo, aquel pésimo estudiante hizo historia.

Mi colega, el Dr T.

Hace un tiempo que les prometí contarles las más divertidas anécdotas que tuvieron lugar en mis tareas de campaña.

Hoy voy a contarles una de las primeras ocasiones en que un malentendido nos hizo reír muchísimo. Esto ocurrió cuando yo me acababa de recibir y estaba participando en un relevamiento geofísico para la que por entonces era la Comisión Nacional de Energía Atómica. La gente de la pequeña ciudad de Cosquín, donde yo pernoctaba, ya conocía nuestras camionetas, y nos relacionaba con el mineral de uranio que estábamos prospectando. Por otra parte, el Director de CNEA por entonces era el Dr T…, y así ( con su nombre completo, por supuesto) lo llamábamos todos.

El caso es que ya nuestro grupo y el Dr T eran parte de la comidilla del pueblo.

Una tarde, llegó al campamento base, un hombre del pueblo, queriendo hablar con el Dr T., y uno de los ayudantes le preguntó por qué asunto, ya que siempre venía gente pidiendo trabajo.

La respuesta nos dejó a todos pasmados:

-Es que me siento enfermo desde hace unos días.

-¿Y por qué quiere verlo a él?

-¿Acaso no es el médico del Uranio?

¡Chán chán!!!

El refugio para tornados

Hace muchísimos años, cuando viajé a Cancún, tomé, como cualquier turista, varias excursiones, una de las cuales me llevó a la isla Mujeres.

La isla es realmente pequeña. y también lo es el pueblo, de modo que no bien bajé de la lancha que me llevó hasta allí, una de las primeras cosas que vi fue un edificio que se destacaba del resto por ser bastante menos pintoresco, y mucho más moderno, donde funcionaba alguna institución gubernamental, que no recuerdo bien cuál era.

Pero mis ojos, siempre entrenados en determinados aspectos de la realidad avizoraron un pequeño cartel en el muro, junto a la puerta de ingreso, que decía «Refugio antitornados».

Y allá fui, más rápido que urgente, para hablar con el funcionario a cargo, ansiosa por conocer cuáles eran las especificaciones técnicas particulares que hacían de la modesta edificación un refugio recomendable, y oficialmente recomendado.

Y éste fue el diálogo:

-Disculpe la molestia, pero me interesan profesionalmente los eventos potencialmente catastróficos, y las estrategias para minimizar los daños. ¿Me puede decir por qué este edificio es «antitornados»?

– Porque se aguantó bien el último.

Imagínenme cayendo de espaldas con las patitas en el aire como en los dibujos animados, y no estarán muy lejos de mi verdadera reacción ante la respuesta.

Un abrazo y hasta el lunes con algo mucho más serio. Graciela.

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