Una anécdota de campo

Ayer fue mi cumpleaños, y ocupé aplicadamente mi tiempo en comer torta y disfrutar la conmemoración. Como todavía tengo el ánimo muy relajado, decidí que hoy el post, pese a ser lunes, tendrá un cierto saborcito a viernes, ya que voy  contarles una anécdota divertida, cosa que después de todo también forma parte de la vida profesional de los geólogos.

Esto sucedió hace muchísimos años, cuando las fotografías aéreas eran el pan de cada día en nuestras salidas de campo, ya que no usábamos todavía GPS ni nada que se le parezca para ubicarnos en el espacio.

Siempre salíamos con esas fotos, casi misteriosas para los legos, con las que nos oriéntabamos por una parte; y en las que, por otra parte, íbamos señalando los perfiles, las calicatas o las tomas de muestras que eran nuestra rutina.

Sin embargo, contábamos también con ellas como los antiguos colonizadores contaban con los espejitos de colores para ganarse la voluntad de los pobladores que les salían al paso. Efectivamente, cuando debíamos solicitar permiso para ingresar en campos claramente cercados, buscábamos la casa del puestero, y sacando esa maravillosa cartulina, le explicábamos cómo reconocer su casa o los rasgos principales del paisaje en ella, y acto seguido, obteníamos el permiso casi siempre, al amparo de la admiración provocada por esa fotografía, que con tanto detalle les permitía ver su entorno como si estuvieran volando sobre él.

En una de esas ocasiones, se acercó a nosotros el puestero, a caballo, y mi compañero sacó con gran alharaca el par fotográfico, como sacaban la víbora los antiguos vendedores ambulantes. Mientras todavía preparaba su deslumbrante discurso, pero antes de que llegara a abrir la boca, el gaucho exclamó:

-Ah, tienen las fotos aéreas. ¿En qué escala están?

Cuando pudimos cerrar la boca, que sus palabras nos habían dejado abierta como brocal de aljibe, nos enteramos de que el buen hombre había hecho el servicio militar en la Fuerza Aérea, y entre muchas otras cosas había aprendido a interpretar bastante bien las fotografías aéreas. De más está contarles lo útil que nos resultó su ayuda, ya que se apeó del caballo, y conocedor como era de la zona, nos ayudó a identificar todos los posibles sitios de interés para nuestra investigación.

Desde entonces, cuando siento que estoy a punto de subestimar el conocimiento de alguien sólo por su aspecto, o por la modesta función que ejerce, siempre me digo para mis adentros: «ojo, no te vaya a salir el puestero». Ese recordatorio me baja a mí misma de cualquier pony, en el acto. Creo que fue no sólo una anécdota divertida, sino también una valiosísima enseñanza para siempre.

Espero haberlos entretenido, y los aguardo aquí mismo el próximo miércoles con informaciones de interés general, antes de retomar los posts de ciencia de los lunes. Un abrazo. Graciela.

P.S.: La imagen que ilustra el post es de este sitio web.

 

 

 

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