Archivo de marzo de 2012
Reconocimiento de minerales: el sabor.
Hace algún tiempo he comenzado a enseñarles a reconocer macroscópicamente los minerales, y para ello comenzamos con los caracteres organolépticos, de los cuales ya nos hemos referido al olor. Hoy le toca al sabor.
Por supuesto que en este caso se trata más de una curiosidad que de otra cosa, porque es una propiedad que hoy en día ningún geólogo que se precie anda probando sin necesidad. Sin embargo, alguna vez los alquimistas primero, y los pioneros de la Mineralogía después, se valieron de esta característica a falta de otras mejores o más accesibles.
¿Qué minerales pueden reconocerse por su sabor?
Solamente aquéllos que son solubles en agua, pues es entonces posible también disolverlos con la saliva y apreciar su gusto.
No obstante, no me cansaré de insistr sobre el hecho de que como muchos elementos solubles son también tóxicos, cáusticos, o simplemente asquerosotes, esta propiedad ya no se usa para la determinación macroscópica, salvo en un único caso del que hablaremos en seguida.
¿Cómo se prueba el sabor de un mineral?
Ante todo, piensen que es la última y definitiva prueba a que se somete al único mineral para el que todavía se la usa. Sólo cuando uno está 98% seguro, confirma la determinación a través del sabor. NUNCA ANTES.
Además, tengan presente que uno no anda mordisqueando ni «lambeteando» (como dirían el Chavo o la Chilindrina) cualquier mugre que levanta del suelo. Nones.
Se procede con mucha cautela y total precaución. Cuando uno cree estar frente a ese mineral confiable (ya les diré cuál, déjenme crear un poquito de suspenso, sólo para novatos, ya que los demás seguro ya lo saben) lo primero que hace es tomar el ejemplar y observarlo bien, bien, bien; por un lado para asegurarse de que sea ese mineral y no otro, y por otra parte para ver que no tenga ninguna asquerosidad agregada por perros, aves, o lo que fuere.
Entonces, y sólo entonces, uno humedece con la puntita de su lengua su propio dedo meñique (se elige ése porque habitualmente es el que menos contacto tiene con lo que uno toca), y frota con él el mineral. De esa manera, con tan escasa humedad, sólo una ínfima porción del espécimen será disuelta y quedará adherida al dedito. Luego llevará ese dedito a un nuevo encuentro con la puntita, apenas, de la lengua y probará el sabor.
De esa forma, si la determinación previa hubiera sido errónea, uno de todos modos estará expuesto a muy poca cantidad de cualquier sustancia que pudiera ser tóxica, ácida o repugnante nomás.
Y ahora sí la gran pregunta:
¿Cuál es el único mineral cuyo sabor todavía se usa generalizadamente como diagnóstico final?
Digo generalizadamente porque a lo mejor todavía hay locos sueltos que andan chupando piedras, aunque yo no tenga el disgusto de conocerlos.
Pero vamos a lo nuestro, el mineral que todos comprobamos por su sabor es la halita, que no es otra cosa que cloruro de sodio, o sea lo mismo que la sal común de mesa. Y que obviamente como diría Balá, es reconocido por su gusto salado.
¿Qué otros sabores se reconocían en la época de los alquimistas?
Esto se los voy a contar según la literatura consultada, porque lo que es yo, ni loca los andaría probando.
Pero son característicos en los viejos manuales, los siguientes ejemplos:
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Ácido: sabor agrio del ácido sulfúrico. (Lo dicen los libros, pero dudo que alguien lo haya andado probando) Propio del azufre y sus compuestos.
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Alcalino. Parecido al gusto del bicarbonato de sodio, pero con un dejo dulzón. El ejemplo es el Bórax, de fórmula Na2B4O5(OH)4.8H2O.
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Astringente: es el que da sensación de sequedad y es propio de compuestos de aluminio.
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Amargo: no requiere explicación, salvo como solía decir mi madre «amargo como la vida» (Era un canto de optimismo ella 😀 ) Ejemplos son la Carnalita (MgCl3.6H2O) y si se combinan con un cierto dejo salado, se pueden agregar la Epsomita (MgSO4.7H2O) y la Silvina (KCl) generalmente presente en disolución en el agua de mar.
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Fresco: sabor propio de las arcillas que son también astringentes en mayores cantidades.
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Metálico: ¿vendrá de allí lo de chupar clavos? Común en la Calcantita, con fórmula CuSO4.5H2O.
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Picante: se atribuye a la Melanterita, FeSO4.7H2O, y en algún lugar leí que se parece al sabor de la tinta, cosa que nunca se me ha dado por probar, de modo que no puedo jurar que sea cierto.
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Salino: además de la halita, lo ostentan otros minerales, como la Nitratina (NaNO3)
Bueno, este post es más una curiosidad que una herramienta, pero me parece que tiene su interés de todas maneras.
Cuando volvamos a la carga con el reconocimiento de minerales, será con algo más aplicable. Nos vemos. Un abrazo. Graciela
P.S.: La foto que ilustra el post fue tomada por Pulpo en su visita a Los Ángeles.
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Un abrazo y hasta el miércoles. Graciela.
Arena – Alejandro Dolina
Fragmento extraído de El Libro del Fantasma.
(…) la historia de la arena comienza con una distracción de un Dios omnipotente.
Las tradiciones islámicas dicen que, habiendo finalizado la creación, el Señor advirtió que faltaba la arena. Grave defecto, si bien se mira. Los hombres estarían privados de la deliciosa voluptuosidad que sienten al caminar junto a los mares. El fondo de los ríos sería siempre rispido, los arquitectos carecerían de un material indispensable, los caminos no podrían suavizarse, las huellas de los enamorados serían invisibles.
Dispuesto a remediar su olvido, Dios envió al arcángel Gabriel con una enorme bolsa de arena a que la desparramara allí donde fuera necesario.
Pero el Enemigo trabaja siempre para estropear la obra divina.
Mientras Gabriel volaba con su carga inconcebible, el diablo le agujereó la bolsa. Esto sucedió exactamente sobre la región que hoy es Arabia. Casi toda la arena se volcó en ese lugar, de modo tal que las nueve décimas partes del país quedaron convertidas para siempre en un desierto.
«Había una vez el átomo», un libro para perderle el miedo a la Química
Como es muy habitual que me lleguen comentarios de jóvenes que quieren estudiar Geología, y se aterran ante la idea de que para eso tienen que aprobar materias como Química, Física y Matemáticas, me parece una buena idea recomendarles un librito que les hará perder el miedo por lo menos a la primera de esas ciencias.
Se trata de uno de los textos de la colección Ciencia que ladra, editada en la Universidad Nacional de Quilmes por Siglo XXI Editores.
El libro en cuestión es Había una vez el átomo, de Gabriel Gellon, publicado en 2007 con el I.S.B.N.: 978-987-1220-93-9, y también ha sido comentado por Dayana, con criterios diferentes a los míos, y con la inteligencia que siempre la caracteriza. Les recomiendo que lean también su reseña, para completar el panorama.
¿Qué sabemos de Gabriel Gellon?
Es un científico, para empezar, lo cual nos da más garantías sobre la calidad de la información que cuando quien escribe es un comunicador social algo versado en ciencias. Gabriel Gellon es licenciado en Ciencias Biológicas e
n la UBA, Master in Science y Doctor (PhD) de la Universidad de Yale. Desde 1998 se especializa en educación en ciencias… y se le nota.
¿De qué se trata este libro?
Dejo que el propio autor haga las aclaraciones pertinentes:
…no es un libro sobre la energía nuclear ni sobre la estructura interna del átomo.
…No, lo que este libro cuenta es cómo los científicos llegaron a convencerse de que los átomos realmente existen.
…Por otro lado, éste no es un texto de historia…
Y entonces, ¿de qué se trata este libro? Pues es una manera de abordar el tema con una mirada retrospectiva que permite al lector «acompañar» a los científicos de todos los tiempos en sus respectivos y sucesivos descubrimientos, con los que fueron construyendo el conocimiento del átomo.
Este abordaje hace la lectura sencilla y entretenida, mientras va sembrando de manera indolora, copiosa información básica que hace todo el tema más amigable.
Uno lo lee como las aventuras de los antiguos investigadores y de paso se entera de muchos temas propios de la Química. Es un modo muy interesante de atrapar al lector.
¿Qué puntos me resultaron más atractivos?
Obviamente aquéllos en los que más coincidimos, y que me permiten decirles «¿vieron que era como yo decía?»
Por ejemplo, cuando desmitifica a la ciencia y a los investigadores, cuando mira con cierto escepticismo el estereotipo del método de científico, o cuando asume que nada está terminado en la elaboración del conocimiento. Y cuando asume que hay mucho de arte y creatividad en todo eso.
Pero permítanme darles ejemplos de lo que digo, tomados de su libro:
…Alguna vez se dijo que la ciencia es la frontera ardiente entre observación e imaginación…
…En el esbozo de toda teoría, las ideas imaginativas de quienes tienen «visiones amplias» interactúan de manera sutil y compleja con las observaciones que hacemos de la realidad. Las teorías nacen del mundo de la imaginación pero deben adecuarse al mundo de los fenómenos…
…pero con frecuencia encontramos que ciertas observaciones son ignoradas para conservar una teoría, o que la teoría predice observaciones que no han sido realizadas aún. Y a veces una observación realizada hace mucho tiempo encuentra sentido y valor en el marco de una nueva teoría. Y así algunos misterios antiguos son develados a la luz de una teoría más nueva; cuando esto sucede, la teoría gana fuerza.
En una notita a pie de página dice además algo encantador:
La visión estereotipada de método- observación-hipótesis, experimento, conclusión, etc.- es, básicamente una caricatura de las reflexiones de Bacon.
¿Qué otros puntos se pueden señalar como méritos especiales?
Bueno, como dice el refrán cada uno habla de la feria según cómo le fue en ella, de tal modo que a mà me fascinaron dos cosas que me tocan de modo muy directo: la consideración especial hacia la tarea científica de la mujer, y la estrecha relación que existe o debería existir entre la docencia y la investigación, y cómo ambas se alimentan mutuamente. Vayan ejemplos más que elocuentes:
…Hodking (Dorothy) tuvo tres hijos. Tres hijos y un premio Nobel. Admirable, ¿no? Sin embargo nadie pregunta cuántos hijos tiene un hombre cuando gana el Premio Nobel. Porque reconocemos que la maternidad, más que la paternidad, reporta un consumo extraordinario de energía, y que se requiere una persona extraordinaria para combinarla con los esfuerzos demandados por la ciencia…
…si bien tener una esposa es una gran ayuda para un científico, tener un marido representa una carga…
Ese solo párrafo amerita recomendar el libro, 😀 pero además agrega respecto a la docencia:
…ciencia y docencia es un matrimonio que nos parece más natural. Sin embargo, por lo general creemos que la docencia se trata de enseñar lo que ya se sabe, mientras que la ciencia trata de descubrir (o inventar) aquello que no conocemos…
…Una de las virtudes de tener investigadores en las universidades es que quien enseña es quien está haciendo el conocimiento a impartir. Esto, sin duda, genera una educación de alta calidad.
…el esfuerzo docente de un investigador no es tan diferente de su reflexión científica.
…Exactamente lo mismo puede decirse de la invención de la Tabla Periódica por Dimitri Mendeleyev (veáse el capítulo 9); el ruso inventó la tabla para poder explicar mejor a sus alumnos el caótico mundo de los elementos y compuestos químicos. Fue su lado docente el que trajo luz a la ciencia.
¿Qué puede decirse de la forma y estilo del libro?
Excelentes, lo cual hace la lectura á¡gil (yo lo leí en una noche, disfrutando cada párrafo) y muy entretenida, ya que va entremezclando anécdotas y datos curiosos, como la referencia- para míhasta entonces desconocida- de quiénes cuándo y por qué organizaron el primer congreso de Química, entre otros.
Además, todo el texto tiene un lenguaje coloquial que lo hace totalmente comprensible, y si bien no es un manual de química, se explican claramente muchos temas , como quien no quiere la cosa, y según creo, sin generar ni rechazos ni angustias existenciales en las personas que dicen «odiar la química».
Otro plus es una excelente bibliografía comentada al final, que será de utilidad para quienes se queden con ganas de más, que seguramente no serán pocos.
¿Algún defectillo quizás?
Sí, porque al mejor escribano se le va la pluma, como decía mi madre. Un par de errorcillos que podrían subsanarse con una Fe de erratas, pero que ya que los he detectado, se los aclaro:
En la página 85, se habla de una pelea «encarnecida» entre Proust y Berthollet, pero. como se darán cuenta, lo que debería decir es «encarnizada».
Más de fondo es el error (que atribuyo a una distracción y no a otra cosa) cuando se dice que Galileo cometió el pecado del geocentrismo, siendo que en realidad lo que se consideró en la época un pecado, fue precisamente lo opuesto, es decir que abonara la teoría Coopernicana de un sistema con el sol por centro, conocida como heliocentrismo.
Y luego en la página 157, en la Tabla I, en la última columna (la 4), donde dice que se divide el valor de la columna cuatro por el menor de la 3, debe decir que se divide cada cifra de la columna 3 por el menor valor de la misma. En la columna 4 aparecen los resultados de esa operación.
Estas correcciones son un pequeño servicio para el lector potencial de este libro que, de todas maneras, me parece absolutamente recomendable.
Espero que les haya interesado este post, porque tengo intenciones de comentar más libros de esta colección. Un abrazo, Graciela
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De memoria y olvido (fragmento) – Juan José Arreola
Extraído del libro Confabulario.
Yo, señores, soy de Zapotlán el Grande. Un pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años. Pero nosotros seguimos siendo tan pueblo que todavía le decimos Zapotlán. Es un valle redondo de maíz, un circo de montañas sin más adorno que su buen temperamento, un cielo azul y una laguna que viene y se va como un delgado sueño. Desde mayo hasta diciembre, se ve la estatura pareja y creciente de las milpas.
A veces le decimos Zapotlán de Orozco porque allí nació José Clemente, el de los pinceles violentos. Como paisano suyo, siento que nací al pie de un volcán. A propósito de volcanes, la orografía de mi pueblo incluye otras dos cumbres, además del pintor: el Nevado que se llama de Colima, aunque todo él está en tierra de Jalisco. Apagado, el hielo en el invierno lo decora. Pero el otro está vivo. En 1912 nos cubrió de cenizas y los viejos recuerdan con pavor esta leve experiencia pompeyana: se hizo la noche en pleno día y todos creyeron en el Juicio Final.
Para no ir más lejos, el año pasado estuvimos asustados con brotes de lava, rugidos y fumarolas. Atraídos por el fenómeno, los geólogos vinieron a saludarnos, nos tomaron la temperatura y el pulso, les invitamos una copa de ponche de granada y nos tranquilizaron en plan científico: esta bomba que tenemos bajo la almohada puede estallar tal vez hoy en la noche o un día cualquiera dentro de los próximos diez mil años. (…)
