Un momento mágico en el campo.

26441__starry-sky_pAsí como he comenzado a relatar los momentos más peligrosos y los más risueños, inicio ahora el recuento de los más bellos, y empiezo con el que en su momento recibió el número 1 en la lista, aunque no por ninguna razón especial, sino simplemente porque así me vino a la memoria.

Esto fue en Tasa Cuna, un parque paleontológico del final del Paleozoico, en el noroeste de la provincia de Córdoba.

La formación Tasa Cuna se caracteriza por una asociación microflorística proveniente del ámbito de la cuenca Paganzo, que corresponde a lo que se conoce como tafoflora de Gondwana. Recordemos que Gondwana era el nombre de la porción que quedó al sur al comenzar la ruptura de Pangea, y que reunió alguna vez a los territorios, hoy distantes, de India, América del Sur, África, Antártida y Australia.

En este viaje, realizado cuando éramos estudiantes, como parte del cursado de la materia Paleontología, uno de los participantes era Juan Carlos (†), a quien ya mencioné en el relato de un viaje peligroso, y de quien guardo numerosos y bellos recuerdos, ya que era un loco lindo al que la vida trató después muy mal, lamentablemente.

Recuerdo por ejemplo, que en una de nuestras campañas llevó un largavistas, que en el descanso del almuerzo usamos para observar abejas y otros insectos cuando se acercaban a beber al arroyo. Esa simple idea, nos abrió los ojos a un microcosmos insospechado…pero no es de eso que quería hablarles hoy.

El recuerdo que quiero compartir es el de una noche en que después de apagar prolijamente el fuego con el que habíamos  cocinado, J.C. sugirió apagar también el sol de noche y las linternas, sólo para mirar el cielo.

Y allí, sentados en el suelo desnudo, con las espaldas apoyadas en un tronco caído que en la cena había sido nuestro asiento, todos guardamos silencio embelesados, observando la noche más radiante que recuerdo.

A nivel de nuestros hombros, unas pocas luciérnagas encantaban el aire, y arriba, muy lejos, el cielo sin una sola nube, era un campo de luz con millones de astros en su máximo esplendor.

Parecía que extender la mano y tocarlos era posible y hasta sencillo, porque se sentían como un regalo personal para cada uno de los presentes.

Fue un largo momento de la más pura magia, que interrumpió al fin el propio profesor Dr. Mario Hünicken (†) diciendo:

-“Bueno, gente, vamos a dormir porque mañana es un largo día y los quiero despiertos y desayunando a las seis, como muy tarde”.

No obstante, el hechizo no se rompió, como que aún hoy ese recuerdo me acompaña. y a pesar de otros muchos viajes a muchos bellos lugares en el mundo, ese cielo, no volvió a repetirse  en mi experiencia con igual limpidez y majestuosidad.

Un abrazo y hasta el lunes. Graciela.
P.S.: La imagen que ilustra el post la he tomado de Imágenes Google, que me direccionó a este sitio.

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